No se me ocurrió un homenaje más apropiado para mis inolvidables abuelos poetas —además de este sitio en su totalidad— que uno con forma de poema, por modesto que sea...

He paseado de sus manos desde siempre
burlando al presente, la materia, la muerte;
he aprendido a conocerlos, sus glorias, sus yerros,
en el ardor y el llanto vueltos letra de su aliento.
Es hoy que me desvelo galopando en los intentos
de labrar con la simiente legada de sus trazos,
como si fuera posible cosechar de los cielos
las estrofas que allí andarán sembrando.
Beberé del grial celeste que sus venas llenaran
gota a gota con la tinta, sangre de su genio.
Creceré un millón de veces en los versos que me dieron,
besaré la pluma azul abierta en sus palabras.
Y jamás me cansaré de darles gracias
por la agonía, por el pulso trocados en poesía,
poesía madre, que canta dolor y esperanza,
poesía diosa, que sueña y amasa vida.
A.A.M., 24 de febrero de 2006