Juraste no olvidarme, y ya tu enojo
del dulce afecto rompe las cadenas,
para dejarme hundido entre las penas
y de tu olvido en el mortal despojo.
Juraste no olvidarme, y de tu boca
floreció del amor el verbo santo,
sin prever que vendría el desencanto
tras la ilusión de una quimera loca.
Juraste no olvidarme. ¡Pobre niña!
El alma tuya errante y veleidosa,
va buscando, —inquieta mariposa—
miel y más miel en la feraz campiña.
Yo fui de la campiña el lirio abierto
de la mañana, al resplandor pristino.
Tú fuiste mariposa; mi destino
era brindarte miel, soñar despierto.
Buenos Aires - 1911
Hermanados en el esfuerzo fecundo
→ Olvido