Como una aurora polar, tenue, estéril, yerta,
en el mar de mi vida la esperanza está muerta.
El adverso designio malogróla cuando era
una riente alborada, un himno de primavera.
Soy culpable y lo digo: de este modo mezquino
se alejaron mis pasos, se apartó mi camino.
Ser como tantos que no laboran su arcilla,
que no la tornan de pobre en perfecta maravilla.
Ser el no ser por el fácil temor de luchar
contra el yerro y el mal y por la gloria de amar.
Y fui cruzado del bien, e ingratitud amarga
y perfidia sórdida abrumaron mi carga.
Soy culpable y lo digo: de este mundo mezquino
se alejaron mis pasos, se apartó mi camino.
Hermanados en el esfuerzo fecundo
→ La voz de la desesperanza