Alcemos la copa, cantemos el verso
que sonríe y bebe la luz del ocaso.
Evoquemos juntos todos los recuerdos;
soñemos con el amor de los veinte años.
Yo estoy aquí, frente a un espejo
contemplando mis días desgastados.
Aquellos, los que fuimos, se han callado.
Nuestro tiempo, amigo, tiene su eco.
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El estro de Rubén, que tanto amara
no estremece su carne que reposa,
pero cuántos aún recitan sus estrofas...
Al asomarme al secreto de sus días,
me convenzo que nunca estarán solos,
los que vivieron rodeados de poesía.
A.B.P.
Monte Grande, 1976